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Inteligencia artificial: Trump y China cambian su

Descubre cómo Donald Trump y China redefinen la inteligencia artificial a través del lenguaje, desde la Superinteligencia hasta el enfoque humano.

12 Octubre 2026·1 vistas
Inteligencia artificial: Trump y China cambian su

El debate internacional sobre la denominación de la inteligencia artificial refleja dos visiones estratégicas sobre el futuro tecnológico: mientras el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha firmado una orden ejecutiva para reemplazar el término por «Superinteligencia» al considerar que la palabra «artificial» denota falsedad, en China la tecnología se concibe históricamente bajo el prisma del trabajo y la creación humana, situando a las personas en el centro del desarrollo científico.

La orden ejecutiva de Donald Trump y el nacimiento de la «Superinteligencia»

Durante la última semana, el presidente estadounidense Donald Trump formalizó una directiva dirigida a todas las agencias federales de Washington con una instrucción clara: suprimir de los documentos oficiales la designación clásica de inteligencia artificial (IA) y adoptar en su lugar el concepto de Superinteligencia (SI, por sus siglas en inglés). La justificación esgrimida por la administración norteamericana se apoya en una lectura semántica: el vocablo «artificial» resta credibilidad y fuerza a una herramienta determinante para la economía y la defensa, haciéndola sonar, según sus palabras, como algo «falso» o secundario frente a las capacidades reales de la nación.

Esta modificación lingüística no es meramente superficial; busca establecer una narrativa de superioridad tecnológica indiscutible. Al bautizar el sector como Superinteligencia, la Casa Blanca pretende canalizar mayores presupuestos de investigación, dinamizar la competencia con Silicon Valley como punta de lanza y proyectar un liderazgo absoluto en cómputo avanzado, microprocesadores y modelos masivos de lenguaje.

«El término artificial sugiere una copia barata o una simulación; lo que Estados Unidos lidera y proyecta hacia las próximas décadas es una capacidad suprema de computación que redefine el poder nacional», sostienen fuentes de la administración estadounidense sobre la medida.

El modelo chino: la impronta humana en el concepto de «réngōng zhìnéng»

Al otro lado del océano Pacífico, la visión sobre esta disciplina técnica se ha estructurado sobre cimientos conceptuales muy distintos. En idioma chino, la inteligencia artificial se denomina réngōng zhìnéng (人工智能). Lejos de evocar algo sintético o desprovisto de legitimidad, los caracteres que componen este término guardan una relación directa con el esfuerzo y la inteligencia propia del ser humano:

  • Réngōng (人工): Alude al trabajo humano, a lo elaborado conscientemente mediante la destreza y la mano del hombre.
  • Zhìnéng (智能): Representa la sabiduría, el intelecto y la capacidad de discernimiento.

Para la comunidad científica y las autoridades de Pekín, la tecnología nunca ha sido entendida como una entidad abstracta o desconectada de su origen social, sino como la cristalización tangible de la sabiduría colectiva. El enfoque oficial de China, explicitado desde la publicación del Plan de Desarrollo de Inteligencia Artificial de Nueva Generación en 2017 por el Consejo de Estado, sitúa la tecnología como una fuerza productiva primordial orientada a modernizar la manufactura, garantizar la soberanía energética y elevar la calidad de vida de sus más de 1.400 millones de ciudadanos.

Dos cosmovisiones: primacía del poder frente a integración social

Las elecciones de vocabulario de las dos principales economías del planeta ponen de relieve agendas estratégicas marcadamente diferenciadas. Ambas naciones reconocen que la computación avanzada moldeará el siglo XXI, pero discrepan en el papel que otorgan a la tecnología dentro de la gobernanza global.

La perspectiva de Washington: liderazgo técnico y poder de mercado

El decreto impulsado por Donald Trump pretende cohesionar los esfuerzos de agencias de defensa, comercio y energía bajo una única bandera de excepcionalismo técnico. En el marco estadounidense, la «Superinteligencia» se asocia con metas como:

  • Acelerar la inversión privada eliminando trabas burocráticas a los gigantes tecnológicos.
  • Garantizar ventajas estratégicas en sistemas autónomos y ciberseguridad.
  • Consolidar al dólar y a las plataformas digitales occidentales en el núcleo del comercio digital global.

La perspectiva de Pekín: desarrollo inclusivo y multilateralismo

Por su parte, la República Popular China promueve activamente en foros internacionales, tales como las Naciones Unidas y la cumbre de la Franja y la Ruta, una postura de gobernanza tecnológica compartida. La postura oficial china, defendida por el Ministerio de Asuntos Exteriores y la Administración del Ciberespacio de China (CAC), sostiene que las herramientas digitales deben beneficiar a toda la humanidad y evitar una brecha insalvable entre países industrializados y el Sur Global.

Bajo la premisa de réngōng zhìnéng, las universidades y centros de desarrollo chinos —como la Universidad de Tsinghua o gigantes industriales como Baidu y Huawei— conciben sus avances como herramientas de soporte para la infraestructura física: automatización portuaria, diagnosis médica en zonas rurales y optimización de redes de trenes de alta velocidad. El progreso tecnológico se presenta de este modo como un instrumento al servicio del bienestar social y de la estabilidad económica interna.

El impacto de las palabras en el ecosistema regulatorio global

El lenguaje no es un elemento neutro en la diplomacia internacional ni en los mercados financieros. El paso dado por Donald Trump al institucionalizar el concepto de Superinteligencia desafía décadas de consenso técnico forjado desde la histórica Conferencia de Dartmouth en 1956, donde nació formalmente el término «inteligencia artificial».

Mientras los reguladores de Washington comenzarán a redactar normativas bajo el nuevo membrete de «SI», en Asia se mantiene la continuidad filosófica: la máquina es una extensión del trabajo del hombre y no un ente superior que deba desvincularse de la sociedad que la engendra. Esta discrepancia semántica anticipa debates de gran calado en los organismos multilaterales sobre cómo deben redactarse los futuros tratados de ética computacional, derechos de autor y soberanía algorítmica.

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